El derecho a jugar

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El derecho a jugar

Si digo que el deporte base ha cambiado mucho en las últimas décadas, no estoy descubriendo nada. Todo ha cambiado mucho en los últimos tiempos, y la práctica deportiva no puede ser ajena a la sociedad en la que se desenvuelve.

Han cambiado las instalaciones, ha cambiado el material, ha cambiado la organización, y han cambiado incluso, en algunas disciplinas deportivas, las normas.

Sin embargo, no han cambiado las ganas de practicar deporte, de entrenar, competir y divertirse de los deportistas de base. Muchos de ellos menores de edad, niños, que siguen teniendo el mismo afán por JUGAR. Y el mismo derecho, el derecho a jugar, el derecho a practicar su deporte, que —así lo dicen los entendidos— les va a ayudar a desarrollar física, psíquica y socialmente, a mejorar su autoestima, y, en algunos casos, a alcanzar el éxito, mayor o menor.

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Sin embargo, en algunos casos, en algunas disciplinas deportivas, las normativas federativas siguen poniendo obstáculos a ese derecho. No se entiende —al menos, yo no lo entiendo—, que un niño de 12, 14 o 16 años no pueda cambiar de equipo sin la autorización del anterior. No se entiende, en la sociedad actual, que siga existiendo el derecho de retención en las normativas que algunos deportes aplican en edades infantiles, cadetes o juveniles.

¿De dónde surge esa obligación que vincula sin remedio al niño con un equipo, con un club? ¿Cómo adquiere este club ese derecho que limita la posibilidad de practicar deporte a nuestros menores? Se nos puede decir que cuando un menor y uno de sus progenitores firma una licencia (una ficha) se está adquiriendo una serie de obligaciones. Pero esta afirmación, conociendo qué es lo que se firma en esos casos, no se sostiene desde el punto de vista jurídico, pero menos aún desde el punto de vista ético.

Podemos imaginar a un niño de 14 años que quiere cambiar de club porque sus amigos lo han hecho, o porque ha cambiado de colegio, o de domicilio, o porque quiere jugar en una categoría superior, o porque el “mejor equipo” de su ciudad le ha contactado por sus cualidades deportivas. Y el equipo al que pertenecía le dice que no le permite el cambio y ejerce el derecho de retención. Algo que no existe ya en el deporte profesional, pervive aún en la competición de base de algunos deportes.

baloncesto chicasEl resultado de esa retención será que, si el club de origen no accede a liberar su licencia, ese niño o niña, muy probablemente, dejará el deporte, la competición, al menos provisionalmente. Porque la posible reclamación, primero en las instancias federativas, y luego en los órganos administrativos correspondientes, para finalizar, quizás, en los Juzgados de lo contencioso, suponen una eternidad, sobre todo para los niños, para los que esperar una semana para disputar otro partido es ya mucho tiempo. Y, en algunos casos, eso va a suponer el abandono definitivo de la práctica deportiva. Los perjuicios de esa situación para el menor son evidentes, además de suponer un atropello de su derecho a hacer deporte.

Para que la parte débil, en este caso el deportista de base, no sufra esa vulneración en sus derechos, es necesario que aquellas federaciones que aún mantienen el derecho de retención, modifiquen sus normativas, adaptándolas a lo que exigen tanto la Constitución Española, como la Convención de los Derechos del Niño de Naciones Unidas, o incluso el Defensor del Pueblo.

Y, en mi opinión, esto debería aplicarse también a deportistas mayores de edad, siempre que su vinculación con el club de origen se limite a la práctica del deporte, es decir, siempre que hablemos de deportistas aficionados, quienes no sólo no perciben remuneración ninguna del club, sino que generalmente, al igual que los menores, pagan al mismo club por poder jugar. En este caso, la razón sería el evidente desequilibrio en las prestaciones: el o la deportista paga a cambio de poder jugar, pero el derecho de retención no parece tener contraprestación alguna.

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