Cuento de Navidad: la empatía obra milagros

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    Cuento de Navidad: la empatía obra milagros

    Hace unos días tuve un juicio de divorcio por la guardia y custodia de la hija de la pareja. En principio parecía un proceso contencioso habitual, pero resulta que no fue así. Cuando iba a comenzar el juicio, las abogadas de ambas partes en litigio, el juez y el Ministerio Fiscal caímos en la cuenta de las fechas en las que nos encontrábamos: teníamos la Navidad encima y la sentencia, probablemente, se iba a producir muy cerca del día de Nochebuena.

    Al no existir acuerdo entre los progenitores, era seguro que uno de ellos debería abandonar el domicilio familiar, aun no sabiendo cuál de ellos tendría que mudarse. La hija de ambos, de corta edad, todavía cree en la magia de la Navidad. Así que todo el mundo en esa sala se dio cuenta de que, de seguir con el proceso, esa niña iba a vivir la separación de sus padres – de la que no tenía conocimiento- en plena Navidad.
    frio invernal

    Pensando en ella, las abogadas decidimos hablar con nuestros clientes y exponerles la situación, sin saber muy bien cuál iba a ser su reacción puesto que sus posturas estaban muy enfrentadas. Pero, para nuestra sorpresa, la pareja dejó a un lado sus diferencias, y solamente se centró en pensar en el interés de su hija, en lo que iba a ser mejor para ella, en cómo iba a vivir estas navidades. Descubrieron que tenían un “interés común”, su hija, y por esta fueron capaces de tomar la decisión conjunta de suspender el juicio por divorcio hasta después de las fiestas navideñas.

    Puede parecer un cuento de Navidad que me invento para mi blog justo en estas fechas, pero sucedió realmente, para la satisfacción de todos los que estábamos allí. La verdad es que todos nos sentimos orgullosos de que estos padres fueron lo suficientemente razonables como para no pensar únicamente en sus intereses individuales y tener la empatía suficiente para ponerse en el lugar no solo de su hija, sino también del progenitor al que la sentencia le obligara a abandonar la vivienda familiar.

    Todos los procesos de divorcio y separación, o mejor dicho, todos los procesos de familia (porque son familias las que se encuentran en ese proceso judicial, y siguen siéndolo después de una sentencia) son complejos. Son como un gran puzle donde tenemos que ir encajando cuidadosamente cada pieza, sin forzarlas, sin prisas, dando le importancia a todas ellas en su individualidad y como parte del conjunto. Evitando que alguna se pierda o quede dañada por el camino. Solo así se podrá obtener un buen resultado, satisfactorio para todos.

    La familia protagonista de esta historia ha hecho precisamente esto: ambos progenitores no han forzado la situación, no han tenido prisa en terminar el proceso de divorcio. Quizás en un futuro lleguen a un acuerdo o no, pero ya han dado el primer paso para ello. No han antepuesto sus intereses a los de la pieza más importante de ese puzle, y me atrevería a decir que también de sus vidas, su hija.

    tranquiliadadTienen pendiente, sin embargo, contarle a su hija el proceso de separación. Ese momento al que muchas veces no se da importancia o se va posponiendo es, en cambio, decisivo. No puede ser que de repente los hijos lleguen a casa y vean que sus rutinas han cambiado o noten las ausencias de alguno de sus progenitores sin saber por qué.

    En muchas ocasiones me han preguntado cuál es el mejor modo de hacerlo. Evidentemente no hay una respuesta general para todos los casos ya que cada familia tiene particularidades distintas. Pero sí existen unas reglas básicas que se deben de cumplir.

    Por ejemplo, se debe intentar transmitir unión. Complicado en un proceso de separación, estaréis pensando. Cuando hablamos de unión me refiero a que los hijos no deben ver fisuras en lo que les estamos transmitiendo, no pueden ser que un progenitor diga blanco y el otro diga negro, desautorizándose mutuamente. Y mucho menos deberían escuchar insultos o reproches.

    Cuando decidamos exponer la separación a nuestros hijos, el ambiente debe de ser tranquilo. Recuerdo a una adolescente que un día me contó que, a ella, sus padres, se lo habían dicho en un restaurante lleno de gente. Ella, en ese momento, no pudo manifestar sus sentimientos ya que estaba rodeada de gente extraña. Tampoco pudo levantarse y, como le hubiera gustado, reflexionar sola en su habitación.

    Debemos ser claros. Es importante que los padres tengan las cosas muy claras sobre cómo va a ser el planteamiento familiar de ese momento en adelante. Es importante transmitir seguridad y ser coherentes: hacer lo que hemos dicho que haríamos.

    Y, muy importante, no culpabilizar a nadie. De hecho, nadie es culpable de la transformación de la familia, ni los progenitores, ni los hijos. Debe de quedar muy claro que nadie ha hecho nada malo, es simplemente un cambio, una evolución.

    Los niños encajan muy bien los cambios, mejor incluso que los mayores, ya que su mente no es tan complicada como la nuestra, por lo que no hay que temer que ellos lo vayan a pasar mal con el divorcio o con la separación. Eso no va a suceder. Siempre y cuando, claro, los progenitores sigan actuando como siempre lo han hecho: pensando en el bienestar de familia.

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