La justicia no siempre es justa

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    La justicia no siempre es justa

    En Derecho de Familia, son muchas las veces en las que la sentencia judicial no resuelve el conflicto, sino que aun lo agrava más. El juez aplica de manera genérica el derecho, sin tener en cuenta la idiosincrasia de cada familia.

    La sentencia a veces crea sin querer la figura del progenitor ganador y el progenitor perdedor, o así lo entienden las partes implicadas. El progenitor ganador se siente empoderado, y cree tener la sartén por el mango, buscando cualquier atisbo de inconcreción en la sentencia para salirse con la suya y molestar o impedir que el otro progenitor pueda ejercer sus derechos. Esta realidad es algo cotidiano que se puede palpar en los juzgados. Pero a los que realmente perjudica gravemente es a los hijos que se encuentran en medio de esta vendetta.

    Hay muchos casos así, pero ahora me viene a la cabeza la historia de una familia rota, que se perdió por los pasillos del juzgado y que se pudiera haber salvado si se hubieran sentado a hablar. Os voy a poner un poco en situación para que podáis entender lo que vivió esa familia.

    Un día, el esposo decide poner punto y final a su relación marital ya que había conocido a una joven, la cual, según sus propias palabras, le hacía sentir más feliz y le había sacado de su rutina conyugal tras 18 años de matrimonio.

    La esposa, al enterarse de la infidelidad, se sintió gravemente ultrajada y presentó en menos de una semana de conocer la noticia una demanda de divorcio en la cual “iba a por él”, según ella misma manifestó. En la demanda, además de estar trufada de reproches, se solicitaba el uso de la vivienda familiar y unas cuantiosas pensiones de alimentos y compensatoria.

    familiaLa hija de ambos, que tenía por entonces 15 años, no entendía nada de lo que estaba pasando, únicamente que “su padre le había puesto los cuernos a su madre”, frase que le repetía su madre una y otra vez.

    La madre convirtió a su hija en su paño de lágrimas: continuamente le manifestaba lo mal que se sentía por la traición de su padre, le inmiscuía en ese duelo conyugal diciéndole frases como “nos ha abandonado”, “ha elegido y la ha elegido a ella”, “nos ha cambiado” “tú no me puedes fallar”. La joven al oír día tras día ese discurso, interiorizó dicha situación en primera persona, como si ella fuera su madre. Este mimetismo con su progenitora materna hizo que se fuera alejando de su padre, empezó a no cumplir el régimen de visitas establecido, ya que cada vez que iba con su padre, su madre le echaba en cara que “ella se iba a quedar sola”, “como puedes estar con él después de los que nos ha hecho” etc… La hija se sentía culpable de estar a gusto con su padre, porque era como traicionar a su madre, por lo que decidió no volver a verlo más.

    El padre, ante la incomunicación con su hija, acudió al juzgado a fin de ejecutar la sentencia y que se cumpliera el régimen establecido, pero para aquel entonces su hija ya tenía 16 años, por lo que su abogado, el juez y el fiscal le explicaron que a una chica de esa edad no se le puede obligar a que vaya con él sino quiere.

    Pero, y aquí viene lo terrible, nadie se molestó en preguntarle a esa joven por qué se negaba a ir con su padre o cómo se sentía con esta situación o si, en caso de tener una buena relación con su padre antes del divorcio, qué había pasado entonces.

    El padre nunca se rindió: le enviaba correos electrónicos a los que ella nunca respondía; le enviaba whatsapp hasta que su hija le bloqueó; se hacía el encontradizo para verla cuando salía del instituto, aunque sabía que no le iba a decir ni hola e iba a cruzar de acera. Se acabo el instituto, y no volvió a saber ni ver a su hija, no sabía si estaba viva o muerta. Fue a la universidad para intentar ver si se había matriculado, y le negaron dicha información por la Ley de Protección de Datos. Su hija se había convertido en una auténtica desconocida a la que, eso sí, mensualmente tenía que abonarle 650 euros de pensión de alimentos.

    Tras muchos años sin tener noticia alguna de ella, un vecino del pueblo le dijo “pero que bien vive tu hija, viajando constantemente de aquí para allá, vaya chollo”. El padre muy alegre le respondió: “La has visto, ¿Qué tal está?”. Y el vecino, asombrado, le espetó: “Tú sabrás, es tu hija. Yo la he visto en el Facebook de mi hijo. Está trabajando de azafata para una compañía aérea francesa”.

    rupturaFue en este momento vital cuando este hombre llego a mi despacho. Estaba desolado y portaba una impresión de facebook en la mano. Me contó toda la historia que os he narrado, y me dijo: “Llevo tres años pagando una pensión de alimentos a una hija que, seguro, gana más dinero que yo, que estoy jubilado”. Le intenté explicar que él tenía la obligación de pagar esa pensión hasta que no hubiera otra sentencia en la cual se dijera que ya no tenía esa obligación.

    Presentamos una modificación de medidas para extinguir la pensión y se pidió que la extinción tuviera efectos retroactivos, que se computará desde la fecha en la que la joven había empezado a trabajar. De ese carácter retroactivo éramos conocedores que no nos lo iban a conceder, pero este padre consideraba que eso era lo justo. Y como era de esperar, esa petición no fue estimada, porque muchas veces la ley no se corresponde con la idea que nosotros tenemos de la justicia. O también porque, a veces, la justicia no es tan justa como esperamos.

    Por eso no está mal, como premisa de funcionamiento vital, ser nosotros mismos los que intentemos resolver conflictos en el ámbito familiar. Nadie mejor que nosotros conoce mejor a nuestra familia. Dialoguemos, escuchemos, empaticemos y busquemos intereses comunes para llegar a un consenso.

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