Un divorcio especial

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    Un divorcio especial

    Hace ya un tiempo llegó a mis manos un divorcio especial. Fue especial por muchos motivos, pero el principal es que me enseñó lo que debería ser el derecho de familia y que muchas veces no es: un instrumento para que las familias sigan siendo eso, familias, incluso divorcio mediante.

    De esa pareja que llegó un buen día a mi despacho con la intención clara de divorciarse aprendí muchas cosas. De entrada, ambos tenían claro que esa separación sería de forma amistosa. “No tenemos otro remedio que seguir entendiéndonos”, me dijeron. Tanta rotundidad me llamó la atención poderosamente. Lo cierto es que lo manifestaron convencidos y sin ápice de tensión entre ellos.

    Al poco de avanzar en la conversación, el misterio de aquella afirmación fue desvelándose. Me explicaron que tenían un hijo, pero que su hijo era especial. Usaron este precioso adjetivo, lo recuerdo como si fuera ahora mismo. Y al hacerlo, los dos tomaron aire. Entonces empecé a entenderlo todo.

    Su hijo era especial, es decir, tenía una serie de cualidades y necesidades distintas al resto de niños. ¿Por qué? Resulta que padecía un síndrome de los calificados como enfermedades raras y cuyo nombre científico para mí era casi impronunciable. No para sus padres, que hablaban de él como si se hubieran doctorado cum laude en el tema. Dicho síndrome hacia que la vida del niño no fuera ni mejor ni peros sino diferente.

    Los padres me explicaron que durante la corta vida de su hijo ambos habían estado luchando por igual: habían acudido a citas médicas, terapias, ingresos constantes, logopedas… Ambos habían afrontado una maravillosa tarea para que su hijo evolucionase, tuviera una buena calidad de vida y gozase de una plena inclusión en su entorno social. En definitiva, los dos se habían adaptado plenamente para un viaje para el que no estaban preparados, pero del que ahora disfrutaban.

    Debo reconocer que me costó entender la experiencia que me transmitían, quizás encasillada en esa ‘normalidad’ que nos venden y en lo importante que parece tenerla. Fui sincera con ellos y, para ayudarme a entenderlo, me aconsejaron que viera en YouTube una sencilla parábola: “Bienvenidos a Holanda”.

    El video, de apenas tres minutos de duración, originariamente está basado en un artículo de Emily Kingsley, la creadora de los famosos teleñecos. Kingsley es madre de un niño especial, y explica así su experiencia. El corto me abrió los ojos de una situación que hasta entonces no conocía y que, paradojas de la vida, años después viví en primera persona.

    La cuestión es que esa familia que yo tenía delante había formado un equipo maravilloso que les había permitido superar un montón de piedras en el camino. Y ahora, yo tenía que ayudarles a superar ese pequeño contratiempo que era el divorcio, y que simplemente era eso: un nuevo contratiempo, un desgaste de pareja.

    Ahí comprendí ya la rotundidad de su presentación: es cierto, tenían que seguir entendiéndose. Porque, de no hacerlo, tendríamos que haber ido a un juzgado de familia. Y una persona ajena a ellos, un juez, que seguramente nunca había oído hablar de ese síndrome, fijaría unas medidas sobre su hijo de un modo genérico, sin poder llegar apreciar todas las peculiaridades y condiciones del niño. Estaba claro que una sentencia de este calibre podría tener repercusiones muy negativas para el menor si las medidas no eran las correctas. Si, en definitiva, la sentencia no recogía la panoplia entera de situaciones que se podían dar en la vida de esta familia, que, obviamente, vivía en una constante montaña rusa.

    Nos pusimos manos a la obra y redactamos un plan de parentabilidad, en el cual lo único que primaba era proteger el interés del hijo. La labor fue fácil. Estos padres no estaban impregnados de ira, ni de rencor de uno hacia el otro como suele suceder en muchos casos, no pensaban en su interés propio, sino en un interés común: su hijo. Él era lo más importante.

    El plan de parentabilidad recogía la situación que se estaba viviendo: uno de los progenitores había desempeñado la función de cuidador principal sacrificando su desarrollo personal y el otro se había encargado de proporcionar ingresos económicos a la familia. Dicho reparto funcionaba, así que, para qué cambiarlo. Ambos reconocían mutuamente la labor del otro, entendían que se necesitaban porque se complementaban. La verdad es que había ocasiones en las que me sorprendían poniéndose totalmente el uno en la piel del otro.

    Habían sido capaces de desarrollar la habilidad de adaptarse a las circunstancias, y el divorcio para ellos no era más que una nueva reestructuración. No querían perder el tiempo en disputas judiciales, en peleas constantes, no querían gastar su energía en enfrentarse entre sí, debían guardarla en su mochila y echar mano de ella cuando la precisasen.

    Realmente era una familia especial, camaleónica, que vivían el presente. Fue, claro, un divorcio especial. Lo fue porque se priorizó el diálogo, la escucha, el respeto y la búsqueda de intereses comunes. Todas y todos somos capaces de priorizar estas cualidades. Es una lástima que no lo hagamos hasta que no tememos la imperiosa necesidad de hacerlo.

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