El derecho de familia, hoy

felicidad infantil

Se divorciarón y… fueron felices

El otro día vi un video en Youtube que me fascinó. Está realizado por un niño indonesio de 9 años llamado Azka. En el video, el pequeño Azka va contando la historia de su familia antes y después del divorcio a través de dibujos que él mismo ha realizado. Lo que muestra es, simplemente, lo feliz que es ahora mismo, tras el divorcio de sus progenitores.

El video en cuestión cuenta con más de 350.000 visitas en Youtube. Y van en aumento, porque casi todo el mundo tiene la idea equivocada de que el divorcio es una tragedia y que los niños sufren mucho. Digamos que el imaginario colectivo asocia divorcio con infelicidad.

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azka videoParémonos a pensar un momento. Los niños y niñas, por muy pequeños que sean, son plenamente conscientes de todo lo que sucede a su alrededor. Sus progenitores son siempre su referente, de modo que si viven en un hogar donde estos siempre están peleando, tenderán a normalizar esta situación. Cuando les surja cualquier problema, lo resolverán tal y como nos han visto hacerlo: gritando, peleando, dando voces. Si ven a sus progenitores juntos, pero comportándose como extraños, que casi no se hablan, que se evitan, que no tienen ningún gesto de cariño el uno hacia el otro, esos niños interiorizarán este comportamiento y creerán que es el “normal” en una relación de pareja. ¿Resultado? El día de mañana se comportarán igual que el modelo con el que han convivido.

Todos en la vida perseguimos la felicidad, aunque cada uno de nosotros tengamos una idea distinta de lo que es. Pero lo que sí está claro es que nuestros hijos nunca serán felices si nosotros no lo somos. Tenemos la obligación de enseñarles a ser felices, no a ser sufridores.

¿Qué decisión tomamos? ¿Cómo lo hacemos?

Cuando acuden a mi consulta, muchos padres dudan en dar el paso de separarse o divorciarse, alegando el temor a que sus hijos sufran y sean infelices. Yo, entonces, siempre les pregunto: “Y ahora, ¿vuestros hijos son felices? ¿Vosotros sois felices?” La mayor parte de las veces, una vez reflexionan sobre estas cuestiones, se dan cuenta que en ese momento, nadie en la familia es feliz. Y que su alegato únicamente responde a sus propios miedos. A los miedos a enfrentarse a una situación nueva, a una nueva organización familiar.

Una vez asumida la necesidad del cambio familiar, por el bienestar de todos sus integrantes, la siguiente pregunta que les surge y que me formulan es “Y, ¿cómo lo hacemos?”. La respuesta no es fácil: hay que analizar a la familia de una manera pormenorizada, a cada uno de sus miembros de un modo individual y como miembro del grupo familiar y hay que ver el papel que cada uno desempeña dentro del engranaje familiar.

No existen dos familias iguales y, por tanto, no hay dos divorcios o separaciones iguales. Es un mantra que repito continuamente cuando las dos personas que quieren separarse ponen como ejemplo a otras parejas que se han divorciado antes que ellos.

grupo familiarHabrá situaciones donde lo más apropiado para la familia sea que la custodia de los hijos la tenga uno de los dos progenitores. En otros casos, lo ideal será que la ostenten ambos. Incluso será necesario modificar la misma según las necesidades o el surgir de nuevas situaciones, ya que la familia (insisto: lo que se rompe es la pareja, no la familia) con el paso de los años irá evolucionando y cambiando. No será el mismo planteamiento cuando los hijos sean pequeños y vayan al colegio, que cuando estén en plena adolescencia. El rol de padre o madre, en los distintos modelos de familia que existen, debe estar siempre presente en la vida de los hijos con independencia del nombre que le queramos dar. Lo importante no es el nombre, sino lo que estamos haciendo por nuestros hijos.

Al igual que cuando decidimos casarnos o vivir en pareja dedicamos un tiempo a preparar hasta el más mínimo detalle, haciéndolo de manera conjunta con mucha paciencia y dedicación (o eso sería lo ideal), también debemos dedicar tiempo a preparar un divorcio. ¿Por qué dedicamos a lo primero meses o años, y lo segundo lo pretendemos resolver todo de un plumazo y cuanto antes mejor, sin pensar que antes éramos dos y ahora somos tres o cuatro?

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navidad familia

Cuento de Navidad: la empatía obra milagros

Hace unos días tuve un juicio de divorcio por la guardia y custodia de la hija de la pareja. En principio parecía un proceso contencioso habitual, pero resulta que no fue así. Cuando iba a comenzar el juicio, las abogadas de ambas partes en litigio, el juez y el Ministerio Fiscal caímos en la cuenta de las fechas en las que nos encontrábamos: teníamos la Navidad encima y la sentencia, probablemente, se iba a producir muy cerca del día de Nochebuena.

Al no existir acuerdo entre los progenitores, era seguro que uno de ellos debería abandonar el domicilio familiar, aun no sabiendo cuál de ellos tendría que mudarse. La hija de ambos, de corta edad, todavía cree en la magia de la Navidad. Así que todo el mundo en esa sala se dio cuenta de que, de seguir con el proceso, esa niña iba a vivir la separación de sus padres – de la que no tenía conocimiento- en plena Navidad.

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frio invernal

Pensando en ella, las abogadas decidimos hablar con nuestros clientes y exponerles la situación, sin saber muy bien cuál iba a ser su reacción puesto que sus posturas estaban muy enfrentadas. Pero, para nuestra sorpresa, la pareja dejó a un lado sus diferencias, y solamente se centró en pensar en el interés de su hija, en lo que iba a ser mejor para ella, en cómo iba a vivir estas navidades. Descubrieron que tenían un “interés común”, su hija, y por esta fueron capaces de tomar la decisión conjunta de suspender el juicio por divorcio hasta después de las fiestas navideñas.

Puede parecer un cuento de Navidad que me invento para mi blog justo en estas fechas, pero sucedió realmente, para la satisfacción de todos los que estábamos allí. La verdad es que todos nos sentimos orgullosos de que estos padres fueron lo suficientemente razonables como para no pensar únicamente en sus intereses individuales y tener la empatía suficiente para ponerse en el lugar no solo de su hija, sino también del progenitor al que la sentencia le obligara a abandonar la vivienda familiar.

Todos los procesos de divorcio y separación, o mejor dicho, todos los procesos de familia (porque son familias las que se encuentran en ese proceso judicial, y siguen siéndolo después de una sentencia) son complejos. Son como un gran puzle donde tenemos que ir encajando cuidadosamente cada pieza, sin forzarlas, sin prisas, dando le importancia a todas ellas en su individualidad y como parte del conjunto. Evitando que alguna se pierda o quede dañada por el camino. Solo así se podrá obtener un buen resultado, satisfactorio para todos.

La familia protagonista de esta historia ha hecho precisamente esto: ambos progenitores no han forzado la situación, no han tenido prisa en terminar el proceso de divorcio. Quizás en un futuro lleguen a un acuerdo o no, pero ya han dado el primer paso para ello. No han antepuesto sus intereses a los de la pieza más importante de ese puzle, y me atrevería a decir que también de sus vidas, su hija.

tranquiliadadTienen pendiente, sin embargo, contarle a su hija el proceso de separación. Ese momento al que muchas veces no se da importancia o se va posponiendo es, en cambio, decisivo. No puede ser que de repente los hijos lleguen a casa y vean que sus rutinas han cambiado o noten las ausencias de alguno de sus progenitores sin saber por qué.

En muchas ocasiones me han preguntado cuál es el mejor modo de hacerlo. Evidentemente no hay una respuesta general para todos los casos ya que cada familia tiene particularidades distintas. Pero sí existen unas reglas básicas que se deben de cumplir.

Por ejemplo, se debe intentar transmitir unión. Complicado en un proceso de separación, estaréis pensando. Cuando hablamos de unión me refiero a que los hijos no deben ver fisuras en lo que les estamos transmitiendo, no pueden ser que un progenitor diga blanco y el otro diga negro, desautorizándose mutuamente. Y mucho menos deberían escuchar insultos o reproches.

Cuando decidamos exponer la separación a nuestros hijos, el ambiente debe de ser tranquilo. Recuerdo a una adolescente que un día me contó que, a ella, sus padres, se lo habían dicho en un restaurante lleno de gente. Ella, en ese momento, no pudo manifestar sus sentimientos ya que estaba rodeada de gente extraña. Tampoco pudo levantarse y, como le hubiera gustado, reflexionar sola en su habitación.

Debemos ser claros. Es importante que los padres tengan las cosas muy claras sobre cómo va a ser el planteamiento familiar de ese momento en adelante. Es importante transmitir seguridad y ser coherentes: hacer lo que hemos dicho que haríamos.

Y, muy importante, no culpabilizar a nadie. De hecho, nadie es culpable de la transformación de la familia, ni los progenitores, ni los hijos. Debe de quedar muy claro que nadie ha hecho nada malo, es simplemente un cambio, una evolución.

Los niños encajan muy bien los cambios, mejor incluso que los mayores, ya que su mente no es tan complicada como la nuestra, por lo que no hay que temer que ellos lo vayan a pasar mal con el divorcio o con la separación. Eso no va a suceder. Siempre y cuando, claro, los progenitores sigan actuando como siempre lo han hecho: pensando en el bienestar de familia.

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divorcio separacion

La pareja se rompe, la familia no

Estreno blog. ¿Otro blog más de Derecho de Familia? Pues sí, no nos vamos a poner estupendas a estas alturas… pero no. Este no es un blog al uso, porque no os voy a contar cómo ganar un juicio por divorcio, cómo ‘machacar’ a vuestra – hasta hace dos telediarios – ‘media naranja’. Este blog va justo de todo lo contrario. Porque el Derecho, si se ponen los verdaderos intereses de los clientes en el centro, puede ejercerse de muchas maneras.

Os voy a contar una historia. Llevo muchos años dedicándome al Derecho de Familia. He llevado muchos divorcios y, claro, he visto de todo. He visto como muchas relaciones entre padres e hijos se han roto totalmente debido a una mala gestión de la ruptura de la pareja. Pero hubo un caso que me dejó especialmente estupefacta.

La hija de una de esas familias que tras el divorcio judicializan absolutamente todas las decisiones a tomar sobre los hijos me preguntó: “Paula, cuando sea mayor de edad, ¿puedo ir a hablar con el juez?” Sorprendida por la pregunta y por la seriedad con la que lo dijo le respondí: “¿Para qué?”. “Para decirle que no me ha ayudado en nada, que no me ha escuchado, que he estado sufriendo por su culpa, que mis padres decían que él es el que tenía que arreglar nuestra familia y no lo ha hecho”. Mi clienta, madre de la menor, bajó la cabeza sin poder mirarme. Desde ese día todo fue distinto: ya no se habló más de acudir al juez para que decidiese cada cosa que a uno de los dos progenitores divorciados no les gustaba del otro.

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Escoge tu camino

Desde ese día dejamos de hablar de pasado y empezamos a ESCUCHAR, a hablar de FUTURO, de INTERESES, a VIVIR. Existen otras maneras de afrontar un divorcio, con generosidad por ambas partes, para que lo único que se rompa sea la pareja, no la familia.

Es lógico que nos cueste gestionar una ruptura de este modo. Son muchas las parejas que, en ese momento, tienen el afán de terminar cuanto antes, de poner distancia de por medio, y esto es algo normal porque en nuestro subconsciente todavía entendemos que un divorcio o una ruptura de pareja es un fracaso, una derrota… Pero pensar así es un error. Este pensamiento negativo debemos transformarlo y ser conscientes de que hemos compartido con nuestra pareja, elegida libremente, una experiencia vital, y con la que hemos formado una familia. Por algo habrá sido.

No tiene sentido (excepto en casos muy extremos) que, de repente, el padre o la madre de nuestros hijos sea la peor persona del mundo. No tiene lógica ninguna el pensar que hay que ir “a por ella”, “a la guerra”, como alguna vez he oído. Hay que tener muy claro, insisto, en que la pareja se rompe, pero la familia no.

Nuestros hijos nos van a seguir necesitando, vamos a tener que seguir estando ahí, las dos personas como una piña. Y si antes nos preocupaba su evolución y su formación personal, ahora con más razón. Ellos, los hijos, tienen que sentir que su vida sigue teniendo estabilidad. Puede ser que una semana vivan con un progenitor y otra, con el otro o que pasen más tiempo con uno de los dos. Pero su vida debe seguir igual en el sentido de que deben seguir sabiendo qué este bien hecho y qué no; lo que está permitido y lo que no lo está, con independencia de si están con uno o con otro progenitor.

juzgado

Pero, aun siendo esto obvio, hay familias que judicializan totalmente su vida tras un divorcio. O, mejor dicho, judicializan la vida de sus hijos. No se ponen de acuerdo con a qué colegio deben de acudir los niños: al juzgado que van. No hay consenso en si el niño o la niña puede tomar la comunión: de nuevo al juzgado. Discrepan sobre si puede ir de excursión al extranjero, si se puede hacer el pasaporte, el D.N.I, si se puede operar de fimosis, si tiene que acudir al logopeda, o incluso si se ha cortado el pelo sin la autorización del otro… Son lo que yo llamo familias rotas, donde la figura de los progenitores ha desaparecido y ha surgido una figura en la esfera familiar, “el juez”, al cual se acude cual tótem para que decida sobre todas estas cuestiones ordinarias y frecuentes en la vida de cualquier niño.

Por cierto, que los juzgados se están viendo desbordados por todas estas cuestiones domésticas que se les están planteando y en muchas ocasiones las sentencias no se pueden dictar con la premura necesaria. El resultado es que hay muchos más niños de los que pensamos que no han podido acudir a viajes de inmersión lingüística, a excursiones de fin de curso, al viaje a la nieve…

En otras ocasiones, las divergencias provienen de la redacción de la sentencia o del convenio regulador que de mutuo acuerdo firmaron. Y es sorprendente ver como en muchos casos las personas han firmado un documento, pero desconocen o directamente no entienden lo que han pactado. Esto responde sin duda a esa prisa de la que hablaba, a ese cuanto antes, hoy mejor que mañana, al no haber trabajado los acuerdos, al no haber dejado tiempo a que las heridas si existen cicatricen.

Niño pequeño jugando

Y mientras tanto, los hijos, a los que ambos progenitores quieren con locura, se encuentran perdidos en un mundo de mayores, de juzgados, de sentencias… Y en su vocabulario empiezan a aparecer nuevos vocablos: guarda y custodia, recursos, pernocta, patria potestad. Ven como sus padres, a los que admiran, van cambiando: ya no están tan alegres como antes, ya no se hacen cosas en familia, ya no se puede hablar de papá o mamá, o de mamá y mamá, o sea el que sea el modelo de familia que hayamos construido. Al contrario, se les somete a un tercer grado para saber todo lo que han hecho cuando han estado con un progenitor u otro; o ya no se puede ir de fin de semana porque “los abogados son muy caros”.

Parece obvio que ese no es el mejor camino para que nuestros hijos e hijas vivan un divorcio. Hay otra manera de hacerlo. Más generosa, más empática, más cuidadosa con la evolución personal de nuestros hijos. Y de esto, de las técnicas, posibilidades y ventajas que este ejercicio del Derecho tiene para toda la familia, además de las últimas novedades en Derecho de Familia, es de los que os hablaré de ahora en adelante en este blog.

Empezamos.

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Paula Aller Franco

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